Microrrelato IX: Cazarrecompensas (II)
El cazarrecompensas abrió la puerta del vestíbulo y la atravesó con rapidez. La cerró con cuidado y se aseguró de que nadie le hubiera visto entrar. Necesitaba información acerca de su objetivo, y por eso estaba allí, en busca de una fuente que el conocía desde hacía mucho tiempo, y que siempre le había resultado fiable.
Caminó hacia las escaleras y subió sigilosamente hasta el tercer piso. En cuanto puso ambos pies sobre la tarima del descansillo noto que algo no encajaba. No quería arriesgarse a encender la luz por si algún vecino estaba espiando, pero temía que hubiese alguien aguardándole en la escalera que subía al piso superior. Con paso lento se acercó al interruptor y en el momento de pulsarlo notó a través del guante que estaba recubierto por algún tipo de sustancia resbaladiza. Encendió la luz y vio que el interruptor y el guante estaban manchados de sangre. Casi de inmediato su mano se disparó hacia la pistola que llevaba al cinto y se volvió hacia la escalera, presintiendo una amenaza.
Pero allí no había nadie. Y entonces se dio cuenta. En aquel descansillo corría el aire. La ventana de la escalera estaba abierta pero, ¿de dónde procedía la corriente?.
Se acercó a la puerta y comprobó que estaba abierta. Con infinita cautela procedió a entrar en el apartamento, cuidando de no dejar ninguna marca de su presencia.
Todo parecía estar en orden. El apartamento no parecía presentar signos de lucha, sin embargo, tenía la sensación de que algo grave había sucedido. Caminó por el pasillo siempre empuñando la pistola, y comprobó que tanto el salón como la cocina estaban intactos. En esta última había un par de copas de vino en el fregadero, una de ellas manchada de carmín en el borde. Así que su fuente había recibido una visita lo bastante importante como para maquillarse y sacar el vino, dedujo.
Le quedaba por registrar el dormitorio, y hacia allí se dirigió lentamente. La puerta estaba entornada y debía haber una ventana abierta, pues se oían los ruidos procedentes de la calle. Y al abrir completamente la puerta la vio.
Estaba tumbada boca arriba en la cama, vestida con un traje de noche negro, y con los brazos abiertos en cruz. En su cuello, un único corte muy profundo, del que había goteado la sangre hasta formar un charco enorme a los pies de la cama. No se apreciaban evidencias de que se hubiese resistido. El asesino había procedido limpia y rápidamente. El cazarrecompensas se acercó al lecho y notó que la sangre no se había secado aún. Había ocurrido aquella misma noche.
Guardó la pistola y salió rápida y discretamente del apartamento. Empezaba a clarear y no convenía que le viesen saliendo de allí. Mientras caminaba hacia su coche, pensaba furiosamente en qué pasos debía dar a continuación. Había ocurrido algo con lo que no contaba. Alguien se le había adelantado.
