El árbol se deshizo en cenizas ante sus ojos, y una brisa intangible se llevó los restos y los esparció por la yerma llanura. La misma historia de siempre, llevaba una eternidad viendo el mismo proceso, avanzando por el mismo camino, viendo como todo lo que se encontraba quedaba reducido a cenizas, recordándole su condición de maldito, su condena eterna. Su condena podía conmutarse, o eso le habían explicado cuando llegó a la Nada. Pero no iba a ser fácil, le dijeron. Muy pocos escapaban de la Nada, una vez entraban en ella. Las condenas eran terribles, pero peores eran las misiones encomendadas para ser libre. Y él bien que lo sabía. Lo había conseguido, había desafiado a su propia naturaleza, había conseguido hacer aquello que creía imposible. Por supuesto que ella no sabía nada, nadie tenía ni idea de lo que había ocurrido. Sólo había habido un momento de duda, cuando él se preguntó si aquello que iba a hacer podría haberse evitado antes. A fin de cuentas, tras su misión no la volvería a ver, pero no podía dejar que aquello le detuviera y le condenara a estar vagando por la llanura eternamente. Pero lo había hecho, la había salvado. Y con ella también se había salvado a sí mismo. Había conseguido redimirse. Entonces, ¿porqué continuaba vagando entre cenizas?
Un nuevo árbol se recortó contra la bruma. “Volverá a convertirse en cenizas”, pensó. Pero mientras se acercaba, el árbol adquirió una apariencia más sólida y no desapareció.
Extrañado, se acercó al borde del camino para verlo mejor. Allí, entre las negras y retorcidas ramas, desafiando a la negrura, al polvo y a la desnudez de la Nada, había un minúsculo brote de color verde brillante. “Ya falta menos”, pensó, y una sonrisa iluminó su rostro.
servido por hermanito
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